Este año la Virgen de la Paloma no tuvo que salir de Entrecantos para encontrar palomas: las tenemos en casa. Nuestras dos vecinas Paloma, fieles a su nombre y a la tradición, se pusieron el mantón de Manila (metafórico y alguno literal) y decidieron que la fiesta más castiza de Madrid también se celebra en cohousing, faltaría más.
Eso sí, el evento tuvo un aire de «verbena vip»: pocos asistentes, mucha calidad, porque media comunidad andaba de vacaciones dejando el pueblo -digo, la urbanización- medio desierto. Los que nos quedamos, eso sí, no escatimamos en gala: chulapos con su chaleco reglamentario paseando el barrio como si Madrid entero los estuviera mirando, y señoras luciendo clavel en la oreja con la dignidad de quien lleva corona.
Las Palomas anfitrionas nos agasajaron con una comida de rechupete y la inmortal limoná, esa bebida que empieza sabiendo a fruta y termina sabiendo a que mañana no madrugas. Con la música de verbena de fondo, entre pasodobles y chotis improvisados, hasta el más tímido del comité de convivencia sacó los andares de chulapo que llevaba escondidos.
Conclusión: en Entrecantos no necesitamos ir a la Paloma real, la Paloma viene a nosotros. Dos veces, de hecho.





