El pasado día 15, festividad de Santa Teresa, celebramos nuestra asamblea. En el orden del día había asuntos serios: informaciones varias, cuentas, propuestas… y la elección del nuevo tesorero. Lo que nadie sabía es que la jornada pasaría a la historia por otra razón.
Maite, que como buena Teresa celebraba su santo, apareció con una bandeja de pastas. Las dejó en la mesa con la discreción de quien no sabe que acaba de cambiar para siempre nuestro sistema democrático.
Llegó el momento de votar. El primer vecino levantó la mano y, ya que estaba arriba, la bajó directamente hacia la bandeja. El segundo hizo lo mismo. Al tercero ya nadie le preguntó a quién votaba, solo si prefería la de mantequilla o la de almendra. Y así, sin que nadie lo propusiera ni lo aprobara (cosa rara entre nosotros), quedó establecido el nuevo reglamento: una pasta, un voto.
El sistema tiene sus ventajas. El recuento es facilísimo: basta con contar las pastas que faltan. La participación fue la más alta que se recuerda. Y por primera vez nadie pidió la palabra para matizar, porque es muy difícil matizar con la boca llena.
Hubo algún momento delicado. Un vecino quiso votar dos veces «para asegurarse». Otro preguntó si se podía votar por delegación y llevarse la pasta de su señora. La mesa lo estudiará en la próxima asamblea, junto con un tema de fondo: si la abstención da derecho a media pasta.
El resultado fue claro: Óscar es nuestro nuevo tesorero. Enhorabuena, Óscar. Eso sí, tu primera tarea ya está asignada: incluir en el presupuesto una partida para pastas, porque esta tradición ha venido para quedarse.
Y a Maite, gracias y ¡felicidades! Santa Teresa decía que «entre los pucheros anda el Señor». En nuestra comunidad, por lo visto, anda entre las pastas.





