Todo empezó con una frase que ponía los pelos de punta: “¡Se me quema el chocolate!”. A partir de ahí, la Noche de Reyes en Entrecantos se convirtió en una operación de emergencia liderada, cómo no, por los abuelos, que se tomaron el mando con más energía que en la cabalgata.
Carmen agitaba la olla como si estuviera lanzando conjuros, mientras Paco intentaba cortar el roscón con un cuchillo que, según él, “ya estaba jubilado” pero aún tenía servicio que dar. Los nietos corrían por el pasillo como mensajeros reales, llevando cucharas, servilletas y rumores de última hora: “Dicen que los Reyes Magos ya están en la rotonda”, “¡Imposible, si Melchor tenía el camello pinchado!”.
Entre un sorbo y otro, se escuchó un grito triunfal: “¡He encontrado la sorpresa del roscón!”. Se hizo el silencio… hasta que se descubrió que no era la figurita, sino la tuerca del abrelatas, que se había ofrecido voluntaria para la fiesta. Eso sí, la ilusión no la perdió nadie, ni siquiera el que casi se la come.
Más tarde, los regalos aparecieron mágicamente (gracias a un discreto equipo logístico de abuelos en zapatillas) y el salón se llenó de papeles, abrazos y carcajadas. Alguien brindó con el chocolate ya casi frío por el milagro anual: que los Reyes sigan encontrando Entrecantos en el mapa otro año más… y que el roscón venga sin piezas de ferretería.


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