Las noches son más largas desde que no estás.
No porque el reloj marque más horas, sino porque el silencio pesa distinto, se hace espeso, se acumula en los rincones de la habitación. Cierro los ojos y mi mente inventa un mundo donde extiendo la mano y te encuentro, tibio y cercano, respirando a mi lado. Allí me quedo, unos segundos, suspendida entre el sueño y la memoria, hasta que regreso al vacío de la cama real.
Tu lado está intacto. La almohada conserva la forma de tu cabeza, y a veces creo escuchar cómo suspiras. Pero abro los ojos y el hueco es sólo eso: ausencia. Entonces las lágrimas me amenazan, se asoman a la orilla, aunque nunca llegan a caer. Tal vez ya se secaron después de tanto intentarlo.
El destino fue cruel en su ironía: no te llevó del todo, pero te alejó lo suficiente para doler cada día. El ictus nos partió la vida en dos mitades asimétricas: tú aquí, pero lejos; yo contigo, pero sola. Aún puedo verte, tocarte, olerte. Pero la conversación —esa danza de miradas, palabras y risas— se ha quebrado en un idioma nuevo, lleno de gestos inciertos y silencios prolongados.
A veces te observo y te juro que en tu sonrisa se enciende un hilo de esperanza. Dices “todo está bien” con esa voz que apenas sale, y por un momento me lo creo, porque necesito hacerlo. Pienso que quizás aún desde ese laberinto interior donde ahora vives, sigues encontrándome, guiando mis pasos, protegiéndome del abismo de la ausencia.
Y así pasa otra noche. Yo, despierta. Tú, quizás dormido. Y entre los dos, el amor, que incierto y frágil, insiste en quedarse.


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