Todo empezó una mañana en Madrid. Mis humanas hacían maletas, iban y venían cargando cosas, y yo, por supuesto, vigilaba con ojo crítico. Algo tramaban. Cuando me subieron al coche, empecé a sospechar lo peor: ¡ya está, me abandonan! Me coloqué en pose de mártir, mirando por la ventana con expresión dolida, por si a alguna le daba remordimiento.
Pero el viaje seguía, y nadie se bajaba ni hacía ademán de dejarme. Entonces pensé que, tal vez, no era un abandono sino una aventura. Me tumbé, saqué medio cuerpo al aire acondicionado y decidí disfrutar del paseo.
Al llegar a nuestra nueva casa, me puse en modo inspector: olfateé todo, examiné los sofás, revisé las esquinas y finalmente declaré habitable el espacio. Encontré mi rincón favorito junto a una ventana soleada, perfecto para observar el mundo y dormir la siesta.
Y luego llegó el gran momento: “Vamos a la playa”, dijeron. Yo no tenía ni idea de qué era eso, pero el tono sonaba a promesa de diversión. Cuando vi aquella inmensidad azul y esas olas corriendo hacia mí, perdí la cabeza. Salté, chapoteé, cavé, rodé por la arena… ¡Era el paraíso! Gritaba con el alma (y con los ladridos): “¡Iujujú, soy libre!”
Cuando por fin me capturaron, parecía una croqueta con arnés.
Después del baño de emergencia y una sesión intensiva de secado, me tocó vivir otra novedad: un restaurante. Entré muy digno, pero los ruidos, los olores y la emoción del día me tenían nervioso. Solté un par de ladridos —por si acaso había que recordar quién mandaba— hasta que lo vi: un collie elegante, tumbado bajo una mesa, quieto y silencioso, como un caballero inglés.
Me quedé observándolo y pensé: Vale, Pipo, toma nota: comportamiento de alta sociedad. Me estiré, bajé la cabeza y adopté mi pose más respetable. Ni un ladrido más.
Mis humanas me miraban con orgullo, y yo, por dentro, sonreía: primer día de playa, primer restaurante… y sobresaliente en etiqueta canina.
Así fue mi descubrimiento del mar. Un día que empezó con susto y terminó con espuma, risas y un nuevo yo: Pipo, explorador costero y perro con modales.
Crónica de la final: Entrecantos también tiene su segunda estrella 20/07/2026
Ayer domingo, mientras en el MetLife Stadium de Nueva Jersey se disputaba una final de infarto, en Entrecantos vivimos nuestra propia final paralela, con menos césped pero con muchísimo más nerviosismo por metro cuadrado. El dress code se cumplió a rajatabla: rojo y...





