El sábado amaneció distinto.
Ese silencio amortiguado que solo trae la nieve lo cubría todo, hasta las conversaciones de los pájaros. No era el silencio normal de los sábados —ese que se rompe con el sonido de las tostadoras comunitarias— sino uno más solemne, como si alguien hubiese bajado el volumen del mundo.
Al abrir las ventanas, la sorpresa: una capita tímida de nieve, pero suficiente para despertar la imaginación colectiva. El grupo de WhatsApp de Entrecantos empezó a vibrar antes de las ocho. Primero llegó un mensaje de pura emoción: “¡Está nevando, genteee!” seguido de la foto inevitable del manto blanco. En menos de un minuto ya había 47 mensajes nuevos:
—“¿Dónde están las zanahorias? Voy a hacer un muñeco.”
—“Yo tengo un gorro con pompón si alguien lo quiere para decorar.”
—“Cuidado con usar el sombrero de Marta, que era de su abuela.”
Y así, el plan del muñeco tomó forma sin que hubiera nevado lo suficiente ni para cubrir una croqueta.
Mientras tanto, los estrategas del interior planeaban un campeonato relámpago de Catán. “Total, si la nieve nos encierra, que nos pille con recursos de madera y ovejas”, dijo una de las jugonas habituales, barajando fichas con la determinación de un general. En la otra punta del edificio, los más clásicos desplegaban la baraja de mus, porque aunque el mundo se hiele, el mus no se suspende ni con tormenta polar. Se apostaban cafés y bizcochos caseros, que en Entrecantos tienen más valor que el oro.
A media mañana se organizó lo que algunos llamaron “guerra amistosa de bolas”, aunque el adjetivo amistosa desapareció entre las risas y los gritos de batalla. Resultó que las bolas apenas se mantenían redondas —eran más bien bolas filosóficas, con tendencia a la disolución—, pero volaban igual. Hubo quien llevó casco de bici “por si acaso”, y alguien que usó una tapa de cacerola como escudo.
En la terraza, Pipo observaba el espectáculo con una mezcla de fascinación y desconfianza. Hacía dos días estaba en la playa, persiguiendo gaviotas. Ahora contemplaba copos caer sobre su hocico con mirada de “a ver si esto es comestible o un error del sistema”. Finalmente decidió lamer un poco y salir corriendo indignado, para acabar durmiendo bajo su manta que al menos no cambia de estado físico.
La tarde fue un despliegue de calor humano y cacofonía alegre. En la sala común, una improvisada clase de baile “nivel 0” se convirtió en un número cómico: nadie sabía distinguir el paso lateral de la búsqueda del equilibrio, y el profe, paciente, repetía: “¡Son cuatro tiempos, no cuatro intentos!”.
A medida que el día se apagaba, Entrecantos olía a sopa caliente, a pan recién tostado y a esa mezcla imposible de lana mojada y chocolate. Nadie hablaba de tele ni de manta, porque el plan ya estaba servido: quedarse juntos, reírse de los muñecos incompletos, bailar con torpeza y esperar otro copo que, aunque no llegara, ya había cumplido su misión.
Porque aquí, hasta una nevada mínima se convierte en un acontecimiento mayor.
Y si la próxima vez cae medio palmo más, igual hasta se declara “Día Oficial de la Contención Festiva” —aunque nadie está dispuesto a contenerse mucho.


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