Sobre las nueve suena el timbre. Yo, que andaba en pleno desperezo olímpico, doy un respingo; Pipo, más profesional, ya ha saltado de la cama y trota hacia la puerta como si esperara una visita oficial. Me anudo el kimono —con ese aire de geisha recién levantada que tanto me favorece— y abro.
Nadie.
Solo una bolsa de papel colgada del pomo. Blanca, impoluta, sin una gota de grasa, como si en vez de porras llevara dentro un secreto de Estado. El duende de los domingos lo ha vuelto a hacer. Porque aquí, en Entrecantos, tenemos duende propio: uno discreto, madrugador y con un finísimo oído para las confidencias ajenas. Alguna vez se me escapó, entre suspiro y café, que echaba de menos las porras que me traía José Luis cuando vivíamos en El Escorial. Y mira tú por dónde, el duende tomó nota.
Entro con la bolsa abrazada como quien rescata un tesoro. Pipo me sigue con esa cara de “a mí también me corresponde mi parte”, porque en esta casa los derechos adquiridos se respetan. Preparo el café —el bueno, el de los domingos, no el de batalla—, coloco las porras en un plato como si fueran joyas de la corona, y me siento frente a la cristalera.
Y entonces empieza el espectáculo.
En el comedero y el bebedero que puse en la terraza, un grupo de pajaritos celebra su propio brunch dominical. Uno chapotea con un entusiasmo que ya querrían muchos en un balneario; otro se atusa las plumas con aire de divo; un tercero vigila, presidente del comité de seguridad aviar. No falta detalle. Yo los miro, mojo la porra en el café, y sonrío sola como una boba.
En momentos así, una se olvida de las facturas, de las noticias, del grupo de WhatsApp con sus doscientos mensajes sin leer, y piensa, con toda la solemnidad de la que es capaz una señora en kimono a las nueve de la mañana:
—Esto. Esto es la felicidad.
Y el duende, en algún rincón de Entrecantos, seguro que sonríe también
ULTIMANDO LOS DETALLES PARA EL ECLIPSE 3/08/2026
En Entrecantos ya estamos en modo “operación eclipse”. No queremos perdernos ni un segundo de este espectáculo cósmico, que no todos los días la Luna decide ponerse delante del Sol como quien se cruza en una foto de grupo. Lo primero, y más importante: las gafas...





