Pipo es de esos perros que se creen de revista: cuando pasa por delante del espejo del pasillo, jura que se detiene un segundo a admirarse. Presumido como pocos, eso sí, hasta que aparece el cepillo. Ahí se le acaba el glamour de golpe y se convierte en un flan blanco temblando de las orejas al rabo. Hoy tocaba baño. Siendo blanco como es, lo necesita con frecuencia, porque en cuanto pisa el jardín parece que se revuelca en todo lo marrón que encuentra a propósito. Empecé a preparar el champú, saqué la toalla, coloqué todo con calma… y él, sentadito, me observaba con esa cara de «sé perfectamente lo que estás haciendo y no me gusta un pelo». En cuanto fui a cogerlo, salió disparado por toda la casa como si le hubieran puesto un cohete en el rabo. Salón, pasillo, cocina, vuelta a empezar. Aquello parecía una gymkana olímpica con obstáculos incluidos: sillas, zapatillas y algún cojín que acabó por el suelo. Por fin lo atrapé, ya sin aliento los dos, y lo metí en la ducha. Ahí terminamos duchándonos prácticamente a la vez, porque entre sus sacudidas y sus intentos de escape me puso a mí más perdida que a él. El pobre, empapado, parecía un conejo viejo y flacucho, con esas orejitas pegadas y esa mirada de víctima que solo un perro sabe poner para hacerte sentir culpable. Luego llegó el secado y el cepillado, la segunda parte de la odisea, con sus quejidos y sus miradas de reproche cada vez que el cepillo le tocaba una zona sensible. Pero al final, cuando quedó blanco y esponjoso como una bola de algodón, todo el esfuerzo mereció la pena. Y por supuesto, en cuanto se vio así, volvió derechito al espejo del pasillo a admirarse otra vez, como si el circo de hace media hora nunca hubiera pasado