En Entrecantos no nos conformamos con un eclipse cualquiera: montamos jornada de puertas abiertas en el tercer piso, con todas las terrazas convertidas en palco de honor. Vistas de matrícula de honor, tanto en la previa (con su ratito de nervios de «¿se nublará o no se nublará?») como durante el fenómeno en sí.
Se brindó, y no una vez sino varias —por si el primer brindis no llegaba bien a las nubes—, con vino y cerveza, entre comentarios de astrónomos improvisados, risas y la cuenta atrás para el momento crucial. Íbamos bien preparados y, aunque el rojo y el verde no llegamos a verlos tan apagados como esperábamos, sí que disfrutamos del efecto estenopeico mediante una espumadera a través de cuyos agujeritos se proyectaban multitud de imágenes del eclipse.
Y llegaron los 30 segundos de gloria: un «¡oh!», un «¡ah!», algún «¡se ve, se ve!» gritado como si hubiéramos descubierto un planeta nuevo. Luego pudimos apreciar las imágenes del eclipse y entender sus fases gracias a @alvaromartin55. El espectáculo mereció la pena, tanto que ya estamos apuntándonos para ir a Cádiz el año que viene, no vaya a ser que el sol se nos vuelva a esconder sin avisar.
Después del eclipse llegó el verdadero acontecimiento astronómico: el espectáculo de mesa y mantel, que es como celebramos absolutamente todo en Entrecantos, eclipses incluidos. Ricas viandas preparadas por los vecimigos para la ocasión, y algún amigo despistado —o no tan despistado, que sabía perfectamente dónde había buen jamón— que se animó a compartir con nosotros eclipse, mesa y mantel, y que además nos obsequió con vino y cava para seguir brindando: un Rías Baixas Albariño por el comienzo del eclipse en tierras gallegas y Cava Pinot Noir para terminar por Cataluña y Baleares.
Pipo, por su parte, vivió su propio eclipse particular: apareció durante el fenómeno metido en una mochila, con su humana, observando todo el tinglado con la dignidad de quien no entiende por qué el cielo se pone así y tampoco piensa preguntarlo. Ni un mu soltó. A la hora de la cena, y muy a su disgusto, se quedó en casa, como manda las Normas —que para eclipses son flexibles, pero para perros en la mesa, no perdonan una.
Para rematar la jornada, como quien pone la guinda cósmica al pastel, baño comunitario en la piscina: la noche, cómplice y aún caliente, lo propiciaba, y en Entrecantos nunca hace falta mucho para que un eclipse termine en chapuzón.












