Ayer domingo, mientras en el MetLife Stadium de Nueva Jersey se disputaba una final de infarto, en Entrecantos vivimos nuestra propia final paralela, con menos césped pero con muchísimo más nerviosismo por metro cuadrado.
El dress code se cumplió a rajatabla: rojo y amarillo de arriba abajo, con algún atrevido que se presentó con la bandera anudada al cuello como si fuera un superhéroe jubilado. Hubo quien fue más allá y se pintó la cara con la bandera de España perfectamente trazada, y quien acabó con un manchurrón que más bien parecía que se había peleado con un bote de tempera, pero el mérito, como siempre en esta casa, estuvo en la intención.
La sala común se transformó en un estadio de bolsillo. Cada uno bajó su vianda como quien lleva una ofrenda: tortillas que desafiaban las leyes de la física de lo esponjosas, empanadas que desaparecían antes de tocar la bandeja, y la fuente vegetariana que preparó Maluque para los que dicen estar a régimen (que, cabe decir, tuvo tanto éxito como los que no lo están). El picoteo variado que trajo el resto completó una mesa que, sinceramente, merecía repetición aunque el partido se hubiera acabado en el minuto uno. Pero el verdadero campeón de la tarde, sin discusión posible, fue el tinto de verano: circuló de vaso en vaso con más autoridad que el árbitro esloveno que pitó la final, y a cada gol fallado por España se convirtió en el único consuelo posible.
Y sufrimos. Vaya si sufrimos. Ese primer tiempo con Argentina plantando cara nos dejó a todos con la mandíbula más apretada que un frasco de mermelada de la abuela. Alguien propuso cambiar de sitio para dar suerte, otro se levantó a «no mirar» en los momentos clave y acabó viéndolo todo desde detrás del sofá.
Cuando llegó la prórroga, la sala ya era un hervidero de banderas pintadas corridas por el sudor y camisetas pegadas a la espalda. Y entonces, en el minuto 106, Ferran Torres metió ese gol que nos hizo levantarnos todos a la vez, tirando vasos de tinto de verano por el aire como si fuera confeti, con España ganando 1-0 en el MetLife Stadium. El abrazo colectivo que vino después tumbó dos sillas y una bandeja de canapés, pero nadie se quejó: los caídos en combate por la causa nunca se lloran.
El pitido final desató la locura: bailes improvisados, banderas pintadas ya definitivamente arruinadas, y un grito unánime de «¡campeones!» que seguramente se oyó hasta en la parada del autobús. España se coronó campeona del Mundial 2026, su segunda estrella, dieciséis años después de Sudáfrica.
Y llegó el postre, que Basi y Manu habían resuelto de la mejor manera posible: una caja de Miguelitos de La Roda que voló en un suspiro, mientras el resto de picoteo iba desapareciendo entre risas y comentarios sobre la jugada del gol repetida por decimoquinta vez.
Al final, entre risas, tinto y restos de comida que ya nadie tenía estómago para acabar, quedó claro que en Entrecantos no solo celebramos que España sea campeona del mundo. Celebramos que, aunque sea con la cara pintada de rojo y amarillo, seguimos siendo una comunidad que sabe sufrir junta, reír junta y, sobre todo, brindar junta. Que por algo el segundo trofeo de la tarde —el del tinto de verano— también fue nuestro.





