Hay una pregunta que nos hacen mucho desde fuera: «¿Y qué hacéis todo el día?». La pregunta lleva implícita una cierta condescendencia, como si vivir en comunidad a esta edad fuera cosa de poco. Lo sabemos todos: los que vienen a visitarnos se van con los ojos como platos y, en el mejor de los casos, preguntando si hay lista de espera.
Permítanme, pues, contarles un día cualquiera en Entrecantos. Un día sin acontecimiento especial. Un día de esos que fuera llamarían «ordinario» y que aquí, como quien no quiere la cosa, resulta que no lo es tanto.
La mañana empieza con intención. Antes de que el café haya terminado de hacerse, ya hay vecinos en la sala de actividades con las clases de prevención de la fragilidad, que es la versión científica y con nombre elegante de «moveos, que la cosa se oxida». Los que llevan más tiempo saben que no es opcional: el cuerpo tiene buena memoria y si no le recuerdas cada día quién manda, empieza a tomar sus propias decisiones. Luego llega la gimnasia de toda la vida —esa que no necesita apellidos modernos porque lleva décadas funcionando— y que deja el cuerpo en paz y la conciencia tranquila.
Y entonces, el aperitivo en el porche.
Si hay un momento sagrado en Entrecantos, es ese. El porche a media mañana tiene algo de plaza de pueblo, de mentidero ilustrado, de parlamento informal donde se decide lo que de verdad importa. Con el sol pegando justo donde tiene que pegar y una bebida en la mano, el porche es el lugar donde uno se entera de todo: de quién ha dormido bien, de quién tiene visita el fin de semana y, sobre todo, de si fulano ha bajado hoy a comer.
Porque la comida es mucho más que comer.
Nuestras cocineras —y hay que decirlo con mayúsculas, porque se lo merecen— nos preparan cada día un menú con dos primeros a elegir, dos segundos a elegir y dos postres a elegir. Para los que vienen del mundo del menú único y la suerte que te toque, esto ya es motivo suficiente para mudarse. Pero lo que convierte la comida en un acontecimiento comunitario de primer orden no es solo el menú. Es la mesa. Es el momento en que miramos alrededor y, sin que nadie lo haya organizado así formalmente, hacemos el recuento. ¿Está Fulanita? ¿Ha bajado el de siempre? Si alguien no aparece, alguien sube a llamar. Con la naturalidad de quien cuida sin hacer aspavientos, sin formularios, sin protocolo. Con café, humor y un poco de paciencia, como todo lo que funciona de verdad.
Después de comer, el descanso. Que también tiene su arte y su respeto en esta casa.
Pero la tarde no tarda en ponerse en marcha. Reuniones de comisiones que resuelven lo que resuelven y generan el acta que nadie lee entera pero que tranquiliza a todos. Talleres de lo que sea: cerámica, escritura, meditación, macramé, el teléfono inteligente que siempre tiene algún truco nuevo que aprender. Clases de lo que se nos ocurra, porque aquí la curiosidad no tiene jubilación. Y los juegos de mesa, que en manos de ciertos vecinos adquieren una intensidad competitiva digna de campeonato nacional.
Y luego, el paseo.
Salir a caminar por el barrio con un vecimigo o una amicina —que son esa categoría entrañable que está entre el vecino y el amigo y que solo existe en los sitios donde la convivencia es de verdad— es uno de esos placeres que desde fuera no se ven en los folletos pero que lo explican casi todo. Se habla. Se calla también, que eso es más difícil y más valioso. Se llega a casa con las piernas cansadas y el ánimo repuesto.
La cena puede ser en casa propia o en casa de otro. Nunca se sabe del todo, y eso, lejos de ser un problema, es parte del encanto. Porque una de las cosas que aprendes viviendo aquí es que la puerta puede abrirse en cualquier momento y que al otro lado casi siempre hay algo bueno.
Y si algún día la agenda queda libre —cosa rara, pero que ocurre— y no hay concierto, ni charla, ni acto cultural de la índole que sea al que apuntarse, pues se organiza uno. Así, con esa sencillez que solo tienen los que han aprendido que esperar a que la vida pase es una pérdida de tiempo.
¿Qué hacemos todo el día? Vivir. Con mayúsculas, con compañía y con menú a elegir.
— Por Araceli Del Barrio — Cronista no oficial de este cohousing sénior llamado a cambiar la historia de Tres Cantos
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