Mi primer encuentro con el mar 16/01/2026

Actividades, Historias de Entrecantos

Todo empezó una mañana en Madrid. Mis humanas hacían maletas, iban y venían cargando cosas, y yo, por supuesto, vigilaba con ojo crítico. Algo tramaban. Cuando me subieron al coche, empecé a sospechar lo peor: ¡ya está, me abandonan! Me coloqué en pose de mártir, mirando por la ventana con expresión dolida, por si a alguna le daba remordimiento.
Pero el viaje seguía, y nadie se bajaba ni hacía ademán de dejarme. Entonces pensé que, tal vez, no era un abandono sino una aventura. Me tumbé, saqué medio cuerpo al aire acondicionado y decidí disfrutar del paseo.
Al llegar a nuestra nueva casa, me puse en modo inspector: olfateé todo, examiné los sofás, revisé las esquinas y finalmente declaré habitable el espacio. Encontré mi rincón favorito junto a una ventana soleada, perfecto para observar el mundo y dormir la siesta.
Y luego llegó el gran momento: “Vamos a la playa”, dijeron. Yo no tenía ni idea de qué era eso, pero el tono sonaba a promesa de diversión. Cuando vi aquella inmensidad azul y esas olas corriendo hacia mí, perdí la cabeza. Salté, chapoteé, cavé, rodé por la arena… ¡Era el paraíso! Gritaba con el alma (y con los ladridos): “¡Iujujú, soy libre!”
Cuando por fin me capturaron, parecía una croqueta con arnés.
Después del baño de emergencia y una sesión intensiva de secado, me tocó vivir otra novedad: un restaurante. Entré muy digno, pero los ruidos, los olores y la emoción del día me tenían nervioso. Solté un par de ladridos —por si acaso había que recordar quién mandaba— hasta que lo vi: un collie elegante, tumbado bajo una mesa, quieto y silencioso, como un caballero inglés.
Me quedé observándolo y pensé: Vale, Pipo, toma nota: comportamiento de alta sociedad. Me estiré, bajé la cabeza y adopté mi pose más respetable. Ni un ladrido más.
Mis humanas me miraban con orgullo, y yo, por dentro, sonreía: primer día de playa, primer restaurante… y sobresaliente en etiqueta canina.
Así fue mi descubrimiento del mar. Un día que empezó con susto y terminó con espuma, risas y un nuevo yo: Pipo, explorador costero y perro con modales.

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