En Entrecantos, el 14 de febrero no se hablaba de “amor romántico”, sino de “cariño en versión cooperativa”. A las nueve de la mañana, en el grupo de WhatsApp “Vecindad Viva”, apareció un mensaje misterioso:
“Atención: hoy, concurso de declaraciones. Originalidad puntúa doble. Abstenerse las de copiar y pegar de Google.”
A los cinco minutos, el chat estalló. Pepe del 1A mandó una foto de su gato con un corazón colgando del cuello (“mi único amor fiel”). Julia del 2C escribió en verso: “Amo al que recoge el vidrio el martes y al que riega mi tomatera”. Y alguien —todavía sin identificar— puso un mensaje con emojis provocativos dirigido al grupo entero.
A las doce hubo café comunitario. Sobre la mesa había un pastel en forma de corazón. Todos se miraban con sospecha: ¿quién lo habría hecho? Carmen juraba no saber nada, aunque tenía harina en las cejas; Diego aseguraba que él no era… pero tenía un batidor en el bolsillo.
Lo mejor vino con el sorteo final: cada uno sacó un papel con “su pareja simbólica” del día. Le tocó a Marta con el presidente de la cooperativa, a Pepe con la impresora del local (por “tener más paciencia que nadie”), y al perro Pipo… con todos. Porque, según el consenso general, “él reparte más amor que nadie sin hacer dramas”.
Esa noche, entre risas, alguien propuso declarar oficialmente el San Valentín Entrecanteño como fiesta comunitaria:
—Sin flores, sin cenas cursis, pero con café, humor y vecindad garantizada.
Y por una vez, todos estuvieron de acuerdo. Incluso la impresora.


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