Acabas de cumplir 69 años y te sientes como una ensalada emocional: un poco de alegría, unas lágrimas de vinagre y mucho desconcierto. En pijama y zapatillas, frente a la ventana, piensas que si la vida fuera una película, ahora estarías justo en ese momento en el que la protagonista madura, mira atrás y dice: “¿Pero qué narices ha pasado?”
Hace mil años —o eso parece—, en aquel sillón de terciopelo azul que ya entonces pedía jubilación anticipada, esa niña que eras tú miraba las llamas y decidía su destino. Agarró su libreta de cuadritos, su bolígrafo Carioca de ocho colores (auténtico símbolo de estatus en su época) y, con letra esmerada, escribió su lista mágica: tres cosas que cumplir antes de los treinta, que a esa edad, según ella, una ya debía tener mansión, fama y, por supuesto, el pelo perfecto. Cerró los ojos, cruzó los dedos y recitó sus deseos con la seriedad de quien invoca a los dioses del futuro.
Hoy, medio siglo después, subes al trastero comunitario. No sabes si buscando recuerdos o un poco de cardio. Entre cajas olvidadas y objetos que bien podrían estar en un museo etnográfico del siglo XX, aparece una caja medio rota donde aún se lee: “Cosas mías” ¡Milagro! Ha sobrevivido a mudanzas, limpiezas y a esa vez en que pensaste que te habías vuelto minimalista. La abres temblando, esperando encontrar cualquier cosa: tu juventud, un novio perdido o, con suerte, una caja de bombones olvidada.
Dentro hay fotos descoloridas, cartas de aquel amor de verano (ese sí que se bronceó bien), y, de pronto, aparece ella: la libreta de cuadritos, amarillenta, flaca, pero viva. Casi puedes oírla toser del polvo y decirte: “¡Ya era hora, tía!”
Bajas de nuevo —bueno, a tu ritmo—, te preparas un café bien cargado en la cocina y vuelves a sentarte frente a la ventanai, decidida a ver qué soñaba esa versión de ti que creía que la vida era larga, los amores eternos y que el metabolismo jamás se vengaría.
Abres la libreta, y ahí están tus tres grandes deseos, escritos con una pasión digna de una película de sobremesa:
• “Convertirme en una gran actriz”. Lo más parecido que has hecho fue fingir gripe para no ir al colegio… y lo bordaste.
• “Ser Ministro de Información y Turismo”. Claramente, eras una visionaria: querías poder viajar… ¡y a gastos pagados! (Lo más parecido fue tu selfie en Palomares.)
• “Dar la vuelta al mundo en barco”. Bueno, crucero hiciste, aunque con pulsera identificativa y cena de gala con orquesta. Una vuelta al buffet, eso sí, diste.
Miras la libreta, sonríes con ternura y cierta venganza, y sacas tu elegante Parker —que sustituye al Carioca, pero con menos glamour—. Sin dudar, tachas el solemne “Antes de cumplir los treinta” y escribes:
“Antes de cumplir los setenta y cinco.”
Porque los sueños no caducan, solo cambian de dirección… y en Entrecantos, con buena compañía y café compartido, todavía hay guion para muchas escenas más.


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