Ayer, en el taller de aceite de romero, la decoración y las fechas nos lo pusieron fácil: parecíamos un aquelarre de brujas. Eso sí, de las buenas, de las que preparan sus pociones para aliviar males y alegrar la vida.
Entre ramitas de romero, aceite y algún que otro «¿así estará bien?», fuimos preparando nuestros frascos. No sabemos todavía cuánto tendrán de mágicos, pero las risas hicieron efecto desde el primer momento.
Y, como en cualquier reunión nuestra, no faltó esa terapia comunitaria que no necesita receta: hablar, escucharnos, compartir alguna preocupación y quitarle peso con un poco de humor. Al final nos llevamos el aceite de romero y algo más difícil de embotellar: el gusto de estar juntas. Esa poción sí que funciona.






